El brote detectado en la ciudad de Bunia ya se convirtió en el tercero más grande de la historia a solo diez días de su declaración formal. Con más de 900 contagios y 175 muertos, la inusual cepa Bundibugyo no tiene vacuna ni cura, mientras la ayuda internacional llega tarde y denuncia estanterías vacías por los recortes de fondos de Donald Trump.
Una nueva y aterradora emergencia sanitaria internacional mantiene en vilo al planeta y amenaza con desbordar los controles fronterizos de las principales potencias. Un brote de ébola de la inusual cepa Bundibugyo se expande de forma geométrica en la República Democrática del Congo, teniendo como epicentro a Bunia, una convulsionada y bulliciosa ciudad capital de la provincia de Ituri. La velocidad del contagio encendió las alarmas de la Organización Mundial de la Salud al registrarse una aceleración que los expertos calificaron de catastrófica: el pasado 15 de mayo se confirmó el primer infectado y en apenas una semana la cifra oficial escaló de 246 casos a más de 900 personas contagiadas, provocando la muerte de al menos 175 ciudadanos en una fase sumamente temprana de la enfermedad. El impacto global ya se hace sentir con cierres estrictos de fronteras, desvíos preventivos de vuelos comerciales en los Estados Unidos y la puesta en cuarentena de la selección congoleña de fútbol en Bélgica.
La respuesta humanitaria internacional en el epicentro de la crisis apenas está dando sus primeros pasos y exhibe un retraso dramático debido a que el brote se detectó al menos dos meses después de su inicio real en las comunidades. En los alrededores del principal hospital de Bunia, los equipos médicos trabajan a contrarreloj levantando carpas de lona improvisadas en un intento frenético por instalar un puñado de salas de aislamiento básico. Los responsables de los comités de rescate en el terreno denunciaron haber encontrado las estanterías sanitarias locales completamente vacías y sin stock de trajes protectores, una precariedad que la comunidad humanitaria atribuye directamente a los drásticos recortes de fondos de ayuda internacional ejecutados el año pasado por el gobierno estadounidense de Donald Trump, lo que provocó el cierre de decenas de organizaciones médicas locales que hubieran hecho sonar las alertas tempranas.
Las dificultades para contener la epidemia se potencian por las características de la cepa Bundibugyo, un virus altamente contagioso a través de fluidos corporales que posee una tasa de letalidad cercana al 40% y para el cual no existen vacunas aprobadas ni tratamientos de cura eficaces. A esto se suma una escasez extrema de recursos operativos en la región, donde las farmacias locales agotaron los suministros de desinfectante y el único laboratorio público de la ciudad procesa apenas 40 pruebas diarias, sufriendo jornadas en las que la actividad se reduce a la mitad por falta de combustible para alimentar el generador eléctrico. Las agencias internacionales ya consideran que el objetivo actual no es erradicar la enfermedad, sino ralentizar su avance arrollador, puesto que el ébola ya saltó a otras dos provincias congoleñas, se consolidó en la vecina Uganda y las autoridades de inteligencia sanitaria estiman altamente probable que haya ingresado a Sudán del Sur.
El factor social y el trasfondo de violencia que arrastra la provincia de Ituri, una región devastada por décadas de conflictos armados y milicias asociadas al Estado Islámico, añaden una complejidad extrema a las tareas de prevención. El personal de salud se enfrenta a fuertes teorías conspirativas y a la hostilidad de turbas enfurecidas que llegaron a incendiar pabellones de aislamiento en localidades mineras de la periferia. Asimismo, la histórica rivalidad étnica entre los grupos hemas y lendus obligó al diseño de dos salas de aislamiento separadas según el barrio, mientras los médicos luchan por evitar los entierros tradicionales que implican contacto directo con los cadáveres. En medio de un clima donde muchos residentes de Bunia aún minimizan el riesgo acudiendo a piscinas públicas o saunas, los infectólogos advierten que la desinformación y la falta de insumos básicos representan el principal obstáculo en una carrera donde la humanidad corre muy por detrás de la enfermedad.
