En el cierre de su gira, los líderes de las dos mayores potencias del mundo coincidieron en que Teherán no debe tener armas nucleares y exigieron la reapertura del Estrecho de Ormuz. Sin embargo, Taiwán sigue siendo la piedra en el zapato que divide a las delegaciones.
La cumbre bilateral en el Gran Palacio del Pueblo dejó definiciones geopolíticas de peso. Por primera vez en mucho tiempo, Estados Unidos y China hablaron el mismo idioma respecto al conflicto en Medio Oriente: ambos mandatarios acordaron que el Estrecho de Ormuz debe ser liberado de peajes y militarización para garantizar que el flujo de hidrocarburos no se detenga. China, incluso, mostró interés en comprar más crudo estadounidense para dejar de depender tanto del volátil petróleo del Golfo Pérsico.
Pero no todo fue consenso. Mientras que para la Casa Blanca el foco estuvo puesto en el acceso de empresas como Tesla y Apple al mercado asiático y en frenar el tráfico de precursores de fentanilo, Beijing metió presión por Taiwán. Xi Jinping fue tajante: la relación bilateral pende de un hilo si no se gestiona correctamente el futuro de la isla. Curiosamente, el comunicado oficial de Trump omitió cualquier mención a Taiwán, evidenciando que, aunque hay acuerdos energéticos, la desconfianza estratégica sigue intacta.
