El costo de vida supera el nivel de los salarios y obliga a las familias latinas a saltearse comidas o depender de ONGs en ciudades como Nueva York. Los efectos acumulados de la inflación anual del 3,8% licuaron el poder de compra y tornaron insuficientes los programas de asistencia estatal.
La combinación de una inflación sostenida y el encarecimiento global de los servicios básicos configuraron un escenario de extrema vulnerabilidad social para los sectores inmigrantes en los Estados Unidos. Según datos de la organización Feeding America, más de 48 millones de personas enfrentan serias dificultades para acceder a la canasta básica en el país norteamericano, un flagelo que golpea de manera desproporcionada a la comunidad hispana, la cual ya registra cerca de 14 millones de damnificados. El impacto de la crisis se traduce diariamente en postales de largas filas que dan la vuelta a la manzana en condados como el Bronx, donde organizaciones de rescate alimentario como City Harvest deben redoblar esfuerzos ante un volumen creciente de familias con niños y adultos mayores que acuden a puestos de distribución gratuita debido a que sus ingresos mensuales resultan insuficientes para cubrir el supermercado.
La escalada inflacionaria anual en los Estados Unidos trepó al 3,8% en el mes de abril, impulsada por los costos energéticos y los efectos colaterales de los conflictos en Medio Oriente, una dinámica que deterioró el poder adquisitivo real frente a salarios que quedaron completamente rezagados. La gravedad de la situación obliga a los ciudadanos a adoptar estrategias de supervivencia extremas que comprometen su salud, como reducir la ingesta a una sola comida diaria o relegar la compra de verduras, frutas frescas y proteínas debido a que la canasta tradicional de asistencia estatal, conocida como cupones SNAP, quedó desactualizada frente a las góndolas corrientes. Directivos del sector humanitario neoyorquino advirtieron que la presión económica de los alquileres y los servicios públicos fuerza a las familias a priorizar el techo y la luz, transformando al presupuesto para comida en la última variable de ajuste del hogar.
